04 OCTUBRE, 2025
¿En qué consiste la normalidad? ¿Cuáles son los parámetros de lo que entendemos como realidad? Con estas preguntas en el horizonte, el colombiano Mario Mendoza (1964) comenzó a escribir Vírgenes y Toxicómanos (Planeta), su nueva novela.
La historia nos muestra a Anton Echeverry, un padre ejemplar que entra en crisis tras la muerte inexplicable de su esposa. En medio del caos, su hijo Martín es la única razón que lo mantiene en pie, hasta que un día, escucha por casualidad una conversación entre el joven y su mejor amigo, un compañero de universidad, hijo de un político, que anda en muletas por una poliomielitis, en la que comentan que ellos son “la tristeza de Dios”.
Leí que te referiste a Vírgenes y Toxicómanos como una de tus novelas más complicadas, ¿por qué?
Antes había hecho ejercicios de surrealismo y de ingreso a una zona de hiperrealidad, sobre todo en un libro que publiqué que se llamaba Paranormal Colombia. Pero nunca había sostenido todo esto en un texto, por eso fue tan difícil. Me preguntaba si el lector me acompañaría en toda la historia o si sentiría defraudado o extraviado. Hice una apuesta muy fuerte por esta novela y espero que el lector la comprenda y entienda.
Desde el principio la novela se mueve entre la realidad y la ficción, entre la muerte y aquello que no tiene explicación.
Las líneas que definen lo real son cada vez más difusas. Damos por sentado o por hecho de que hay una realidad real, y eso no existe, no es verdad. La realidad es una construcción, un plano en el que nos vamos poniendo de acuerdo. Hay unos planos grupales, colectivos y hay otros que son estrictamente individuales, pero a la gente le suena raro que uno le diga que lo que vive en realidad es una proyección de lo que lleva por dentro. Nos cuesta entender esto porque la relación con el inconsciente no es clara. Nosotros hoy en día somos unos ciudadanos muy raros, nos podemos graduar del colegio o la universidad sin haber recibido una sola clase sobre el inconsciente. Puedes terminar una carrera sin tener idea de lo que llevas dentro, solo lo consigues si tomas terapia o si la vida te pone contra las cuerdas. En mi caso son esos pliegues o complejidades, las que me parecen interesantes como narrador.
Hay un analfabetismo generalizado con respecto al tema. La gente cree que toma decisiones y que la vida que lleva es la suma de esas decisiones, y no, eso no funciona así, son pulsiones. La mayoría de las decisiones que tomamos no son racionales, las tomamos de manera impulsiva y muchas veces de manera irracional o conducidas por nuestro mundo afectivo o sentimental. No somos conscientes de eso, y la literatura o el cine en buena medida son espacios para reflexionar acerca de eso.
La novela abre con un epígrafe de Emmanuel Carreré, “hay algo que no funciona en el mundo”. ¿Qué es lo que o funciona?
No está funcionando nada. Desde 1945 estamos en un extravío total, durante los siglos XVI o XVIII había un proyecto: la modernidad, pero con la caída de las bombas atómicas y los campos de concentración de Auschwitz o Treblinka, todo se fue a pique. Desde entonces somos seres que caminan por las calles amnésicos, catatónicos, sin saber hacia dónde se dirigen
